[name=Patricia Plaza] [description=Libertad | Amor | Revolución ] [img=https://2.bp.blogspot.com/-lZmSPJ4ElOc/TqWyVI6_brI/AAAAAAAAE3c/IIvrZ05K1bk3qwooHKI5qJFaI24gzwIPQCPcB/w1200-h630-p-k-nu/IMG_2220.JPG]
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De colectivo en colectivo

El grupo de las 6 intrépidas mujeres se separa pero María y yo tenemos rutas muy parecidas y decidimos viajar juntas unas semanas hasta su destino final, La Paz.

Subir a un colectivo o autobús en Bolivia es parte de la aventura. No sólo por la diversidad de personajes con los que compartes asiento, el eterno olor a hojas de coca que todos mascan ritualmente o los paisajes que atraviesas, sino también por las pésimas carreteras, cuando las hay. Además núnca se sabe lo que va a tardar en llegar, generalmente son siempre dos o tres horas más dependiendo de los incidentes que transcurran en el trayecto.

De camino a Potosí casi volcamos. Y digo casi porque llegar a una inclinación de unos 30 grados, acojona. Pero cuando ves que el resto de pasajeros se acomodan en los asientos de “arriba” para hacer contrapeso de una forma tan rutinaria y natural, acojona más!

Pero llegamos a la ciudad más alta del mundo con 4.070 m. Potosí.



Todo lo bueno y lo malo que representa Potosí procede del mismo sitio: el Cerro Rico. Una montaña de unos 4.800 metros de altitud que domina la ciudad. Es allí donde los conquistadores españoles encontraron una cantidad brutal de plata que convirtió a Potosí en una de las ciudades más ricas del mundo en aquel entonces. No mucho queda de eso. A día de hoy, es una ciudad que luce algo desgastada y donde una se pregunta adonde fue a parar toda esa riqueza. Bueno, en realidad no hay que preguntárselo demasiado porque está bastante claro: terminó en España, como bien te recuerda casi cada boliviano al que le dices que eres española.

Las minas hoy en día siguen en funcionamiento y es además una atracción turística que tuve la suerte de no ver ni conocer. Una cuestión moral.

La ciudad a mí me resultó agradable. El centro es un conglomerado de calles estrechitas y cuestas que, debido a la altitud, te dejan sin aliento al cabo de un rato, pero llenas de vida y color.


Un café en una terraza para admirar la ciudad en toda su extensión, recuperar energía, mirarnos pensando qué haciamos allí un domingo si todos los museos estaban cerrados, mirar el reloj y decidirnos por salir hacia Sucre en coche compartido esa misma noche.

Y llegamos a Sucre. Dicen que es las ciudad más bonita de Bolivia y posiblemente sea verdad. Todo el centro es de estilo colonial, pintado uniformemente de blanco y con su correspondiente plaza central, centro principal de socialización, apacible y acogedora. Coloridos mercados indígenas, elegantes tiendas, restaurantes y bares modernos, y gente super alegre. Da la sensación de que podrías vivir aquí una temporada.



Después de un par de días comprobando todo lo anterior y antes de correr el riesgo de quedarnos más de lo previsto, rezando a nuestra Pachamama querida, subimos en un autobús nocturno dirección Samaipata.

No fue horrible, sino lo siguiente. Imposible dormir. Baches y baches. El efecto centrifugado fue una contínua durante todo el viaje. Volantazos. Frío. Bebes llorando. Suciedad y mugre. Al fin, a las 4 de la mañana nos dejan en mitad de la carretera del pueblito de Samaipata. La pesadilla ha acabado. La cerrada noche y el silencio nos da un cálido abrazo. En el hostel nos espera una cama en la que me desmayo de inmediato. Zzzz.

Siguiendo con la temática de incidencias en colectivos y después de los maravillosos días en Samaipata que merece otro post y que sanaron cuerpo y mente, llegamos hasta Santa Cruz. Una ciudad que se enorgullece de ser más brasileña que boliviana y a la que tampoco le presté demasasiada atención. Después de los días en la selva fue un gran momento para llamadas reconfortantes, uso y abuso de internet, reencuentros causales y sueños condicionados. Apenas una noche, eso sí, larga y a otro bus. Éste sí que promete comodidad y seguridad: 12 horas en bus cama, pero cama, cama y además por la carretera nueva hasta La Paz. Un poco caro para los precios de aquí, 10€, pero un lujo es un lujo. Al llegar a la estación nos dicen que la carretera está bloqueada por manifestantes (pasa frecuentemente en Bolivia).

Nos miramos resignadas. Compramos un billete para Cochabamba, serán 10 horas por la carretera antigua. De madrugada chocamos contra un camión, nada serio, la luna de delante destrozada pero lo peor fue ver el linchamiento de todos los locales hacia el conductor cuando descubrieron que iba borracho. Bueno, un show! Pasaron minutos y horas de conflictos, palabras, insultos, reproches y un frío del carajo en mitad de la noche en mitad de la nada boliviana, hasta que retomamos camino con otro conductor y llegamos con sólo 4 horas de retraso, sin comer y con sueño. Venga, 8 más y ya estamos en La Paz... espero encontrar allí algo de eso... PAZ!

¡Bienvenida a Bolivia!

Madrugamos para embarcarnos en una nueva aventura: 3 días en jeep por el sur de Bolivia, atravesando valles desérticos, lagunas, volcanes... hasta el Salar de Uyuni.

Tras la frontera chilena, el mini bus se detiene en un lugar dónde nos espera el jeep que nos llevará hasta Bolivia. Diviso una casa de adobe de una sóla planta, con tejado de placas de uralita con piedras y neumáticos arriba, con sus ventanas decoradas con muchas pegatinas. "Uy, que bien, un bar para hacer un café" - pienso.



Entro.


La sala está decorada con guirnaldas y otros detalles carnavalescos, pero en las paredes sólo hay fotos de Evo Morales... Mmm... Dos mesas y un señor más o menos uniformado que me dice: "Señorita, pasaporte!". Una oficina de Inmigración que parece un bar en mitad de la nada! ¡Bienvenida a Bolivia!

Comienza la aventura. 2 alemanas, 2 francesas, María mi compañera holandesa de litera en Atacama y yo. Buen feeling. Un jeep súper antiguo para 5 pero donde nos metemos 6. El conductor, Martin, es bastante parco en palabras pero muy majete y su insufrible cumbia boliviana suena a todo volumen. La carretera al poco de salir del Bar-Centro de Inmigración desaparece para siempre jamás para dar paso a varias pistas a elegir o improvisar creando una nueva.


Desde la sucia ventanilla me pierdo en la inmensidad del paisaje sin ningún signo de civilización y con esporádicos avistamientos de vicuñas que dan un toque de vida al trayecto hasta llegar a la Laguna Verde y la Blanca, donde orgullosos y rosados flamingos posan erguidos antes de emprender el vuelo.


También vimos géisers de camino a la Laguna Colorada, donde pasamos la noche en un refugio a 4.200m, super básico, sin electricidad y con un baño para 18, y probamos la infusión de coca que funciona perfecta para evitar el mal de altura.


Al día siguiente después de ver el amanecer en la laguna y desayunar algo, nos pusimos en marcha. Paramos a ver unas curiosas formaciones de piedra, la del arbol, la del indio,...


Un día lleno de contratiempos. Pinchamos dos veces esa mañana y otro coche tuvo que dejarnos su rueda de repuesto. Nos paran en un rutinario control policial salido de la nada y nos retienen una hora hasta que conseguimos sobronarlos con 300 bolivianos porque Martín, que no sabe mentir, confiesa que no tiene carnet de conducir. Juas!

Nos acercamos a ver el volcán Ollagüe, el más alto de Bolivia y de allí fuimos bajando hacia las lagunas: Cañapa, Honda y Hedionda, donde pudimos ver más flamencos y deleitarnos con los olores de la laguna Hedionda. Buagh! La presencia de llamas desde este punto se convierte en algo habitual.



Llegamos casi de noche al refugio, éste a menor altura y con electricidad. Dormí poco y mal por los nervios al estar a pocas horas de visitar el Salar de Uyuni y hacer realidad otro de mis sueños.

Lo imaginaba impresionante pero fue más espectacular aún. Las lluvias de las últimas semanas habían dejado unos centímetros de agua en la superficie, lo que hacía que el efecto espejo se multiplicara.

La luz es resplandeciente, la blancura de la sal bajo el agua te deja ciega y la extensión del salar se intuye porque el horizonte es infinito.

No sé qué ISO poner en la cámara!


Espectacular.


Después de un día perfecto llegamos finalmente a Uyuni, un pueblucho sucio y sin encanto, con ganas de pasear por sus mercados, conocer su forma de vida y empezar a familiarizarse con la gente de aquí que es tan carcaterística: sus vestimentas, sus desconfiadas miradas y su tierna sonrisa.




Y empezar a adaptarnos a su gastronomía monótona que consiste en pollo con arroz, carne de llama con arroz o pollo con arroz... Menos mal que tienen una delicosa cerveza artesanal de quinoa que ameniza las comidas.

Que buenas sensaciones me transmite este país. Necesitaba un punto humano radicalmente diferente de arraigadas costumbres y cultura que sumara a un paisaje maravilloso, diferente y alucinante. Esto de momento no lo había encontrado en Chile y en Argentina solamente en el norte. He visto poco y ya puedo decir que adoro este país.

En el desierto más árido del mundo...

llueve!!

Con resaca carnavaleña de los días en la Quebrada de Humauaca, Tilcara y Purmamarca, y tras 8 horas con la nariz pegada al cristal de la ventanilla cruzando Argentina hasta Chile por el paso de Jama, alucinando con los paisajes más maravillosos y cambiantes que he visto hasta ahora, alcanzando los vertiginosos 4.200 metros de altura entre áridos cerros de 7 colores y valles repletos de cactus, atravesando las Salinas Grandes, pasando por un vergel de lagunas y pastos verdes, montañas y siluetas extraterrestres..., llego a un inmenso e interminable desierto con un pequeño oasis llamado San Pedro de Atacama.



Un bonito y conservado pueblo de casas de de adobe, súper turístico y muy caro. Pero es de visita obligada pues desde aquí se puede explorar el desierto, la Cordillera de Sal, el Valle de la Muerte o el Valle de la Luna. Pese al tiempo, todos los lugares son espectaculares.



Apenas un par de días para disfrutar de excursiones, paseos en bici, mañanas soleadas, tardes nubladas, bonitos atardeceres y noches de intensa lluvia. Apenas un par de días para buscar y localizar a alguna agencia que quiera salir desde Atacama a Uyuni en jeep pese al carnaval, las condiciones de las carreteras y la previsión del tiempo. ¿Suerte? ¿Dinero? Sea como sea, mañana al fin, salgo para Bolivia.

Besos family

Hipo!

Mendoza es la tierra del sol y del buen vino... Hipo!
Y de los reencuentros, de nuevos amigos, de divertidas veladas... Hipo!
Y de los bares, de las terracitas, de los lindos mendocinos... Hipo!

Pero Mendoza es más que la tierra del sol y del buen vino, también es el hogar del Aconcagua.


Sus 6.962 metros de altura también dan... Hipo!


Santiago y Valparaiso. Calor y color.

A los pies de la cordillera de los andes se encuentra la cuidad de Santiago de Chile, de apariencia amable y ordenada. La capital me recibe con mucho calor.

Dedico la mañana a las visitas obligatorias: La famosa Plaza de Armas con la Catedral de Santiago que vive casi ya adosada a edificios modernos. La Plaza de la Moneda y sus animadas calles comerciales donde los chilenos se dedican a vitrinear. Subir por el funicular al cerro de San Cristobal en mitad de la ciudad y obtener así la mejor vista de la ciudad desde lo alto. Comer el típico mote con huesillo: trigo y melocotón flotando que está bueno pese a lo desagradable de su presentación.



Busco el edificio de la polla chilena de beneficencia para la típica foto (la lotería chilena), pero me derrito por las calles de la ciudad y tengo la agenda de lo más apretada para ver a todos mis nuevos amigos chilenos. Alvaro y Polo, unos chilenos que conocí en el ferry por la Patagonia, me enseñan los bohemios y grafiteados barrios de Lastarria y Bellavista, sus bares, terrazas y cerveza a buen precio. Risas, mariscada deliciosa, vino chileno rico y unos pisco sours para acabar la velada con música en directo en uno de los locales más cool de la ciudad. Y al día siguiente más pisco sours pero con Christian y Fabiola, quienes conocí en Puerto Natales.

Santiago me ha parecido una ciudad sin muchos secretos, y creo que es un vivo reflejo de su gente, de apariencia seria y desconfiada pero muy agradables, cercanos y cariñosos.

Cambio el calor por el color.

En el mundo hay ciudades que son totalmente únicas y exclusivas, esas que no pueden darse en ningún otro lugar. Valparaiso es una de esas ciudades.

Una ciudad con forma de anfiteatro natural emplazada en una bahía rodeada de cerros completamente tapizados por cuidadas casas de madera y hojalata pintadas de toda la gama de colores pantone.


Una ciudad donde en vez de metro tienen ascensores.

Una ciudad en las que podrías quedarte horas y horas deambulando por sus calles, callejuelas y pasajes, y embobada con sus maravillosas vistas.


Una ciudad única.

Después de todo el día andando, subiendo y bajando cuestecitas y un dolor considerable de gemelos, recupero aliento y fuerzas al atardecer desde la casa de Pablo Neruda. Desde allí las vistas son un privilegio, una delicia, un palacio para la inspiración y un templo lleno de poesía.

3 días con Osorno

Me recomiendan Puerto Varas como pueblo base para explorar el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, un parque lleno de lagos y volcanes.

El pueblito de influencia germánica está ubicado a orillas de un lago andino con agua a 20 grados (increible!) y custodiado por el volcán Osorno con 2.652 m. Hermoso y perfecto en su forma, me desafía desde el horizonte.


Se necesita un día entero para hacer cumbre, es relativamente sencillo y más ahora que apenas hay nieve. El volcán en invierno es una estación de esquí. Recluto gente en el hostal que me acompañe y éste fue el resultado: un sociólogo chileno, una pitufa canadiense, un hippy inglés y yo. Sin desperdicio.

Super motivados y equipados, madrugamos para llegar a Ensenada desde dónde comienza el trekking pero nos para de camino un amable Sr. Tomás que trabaja en el bar del refugio y sin pensarlo nos subimos al coche y ya de paso nos tomamos un café arriba a la espera que mejore el tiempo y se despeje un poco. Las pocas ganas de subir se empiezan a notar en el ambiente, el inglés se pide una cerveza, el chileno le acompaña y yo no tengo personalidad, ya sabéis... Acabamos de charla y risas, comimos algo y tras la mini siesta, decidimos subir un poco. A los pocos minutos de caminata nos sorprende la lluvia, así que practicamos el "culipatín" y volvemos al refugio para obviamente, esperar al Sr. Tomás que nos baja hasta Punta Varas en coche.

Decidimos postponerlo para el día siguiente, sin autostop ni cerveza ni siesta. Pero al día siguiente amaneció también gris, así que acabamos por hacer ruta por los pueblos cercanos de Frutillar, bañarnos en el lago de Todos los Santos y visitar los saltos de Petrohue, bonita postal de agua sobre rocas de basalto y rodeado por tupidos bosques escarpados.


Ya lo dicen los chilenos, por la razón o por la fuerza. Era mi último día y quería intentarlo, pero ni la razón ni la fuerza. Es festivo en Puerto Varas y todo el mundo acude a la plaza a comer las típicas tartas alemanas llamadas Kuchen, a escuchar su música tradicional y a bailar. Y claro, todo eso hicimos y nadie se acordó del volcán, menos yo…

Admití mi fracaso como directora de casting, me despedí de los chicos y de los buenísimos momentos compartidos, y partí en otro bus nocturno hacia la capital; Santiago de Chile.

El viaje continúa, las anécdotas se acumulan y la gente que se cruza en el camino es ya parte de la experiencia vivida y del viaje. Amigos para siempre. Conocidos. O amigos para un rato. Viajeros. Amigos.

Un miércoles cualquiera



4 días en ferry para cubrir un trayecto de casi un tercio del país, atravesando los campos de hielo norte y sur de la patagónia chilena. La navegación es lenta y pausada.


No hay nada mejor que pasarse la mañana de un miércoles de febrero navegando entre fiordos, canales angostos, contemplando glaciares, montañas, paisajes infinitos y fantasmagóricos, barcos varados, islas llenas de focas e incluso avistando ballenas.

Con la tripa llena después del copisoso desayuno, estoy tumbada en un cómodo sofá del salón del barco, el cual he movido para situarlo completamente pegado a una ventana, y estoy leyendo un libro mientras el leve movimiento del barco parece mecerme lentamente.

En cuanto entro en un estado de relajación tan fuerte que noto que el libro empieza a escurrirse entre las manos, abro los ojos y levanto la cabeza para apreciar mejor el paisaje.

Luego bostezo, me estiro como un gato y continúo leyendo preguntándome si hay algo mejor que hacer en el mundo un miércoles de febrero por la mañana.